Lo sé. Lo admito. Me encanta la sensación de acabar de programar algo a las 5 de la mañana. Satisfecho. Orgulloso. Tal vez con un exceso de cafeína. Mergeas, despliegas y a dormir con una sonrisa. En tus sueños un cowboy se monta en su caballo, llega al pueblo y desmonta bajo la mirada de los pueblerinos. Captura a los malos, se sacude el polvo y se va triunfal con los suspiros de aquellos y aquellas a sus espaldas. Sí, ese desarrollador cowboy que es capaz de hacerlo todo, sin hablar con nadie, sin consensuar nada.

Te levantas con la sonrisa todavía en la boca (dejemos de lado babas y otros sucesos paranormales). Vas al ordenador y ¡boom!, algo ha ido mal. La explosión despierta hasta al cowboy de tus sueños, que se tapa con una piel y se acurruca junto a la hoguera, ahora hay miedo en ojos del valiente cowboy. Creo que esta historia nos suena a muchos y a muchas. Y sí, los sueños y las sonrisas, e incluso las risas molan; pero mejor dejar las explosiones para nuestros proyectos locos y no para los serios, o para el trabajo.

Historias de usuario públicas. Ramas. Revisión de código. Pruebas manuales. Pruebas automáticas. Despliegues. El cowboy puede hacer lo que quiera, que vamos a hacer que esto no explote (o mejor dicho, que explote cuanto menos, mejor).
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